Ignacio Larronde
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05 / 12

El Chuny

Estoy en silencio, esperando inmóvil en el lugar en el que estuve siempre. Parado justo en la cruz del mapa que te dibujé hace años, tan inalterable que algunxs te llaman Medusa (será por la serpiente de tu tatuaje, quizás).

Inalterable cual Excalibur sin Arturo, Mjolnir sin Thor, o un baile sin la Borinquen. Es tal el estatismo que me crecieron raíces al piso, y en este las autoridades pusieron una placa que le da mi nombre a esta calle.

Todo avanza y cambia a mi alrededor: las casas se han transformado en edificios, y los almacenes en grandes hipermercados. Ya no vivís en la vereda de enfrente, y hasta movieron para la otra cuadra la parada del G al que llegábamos solo para verle la chapa adentrarse en el horizonte.

Te mudaste: ya nada queda de ti acá, y aun así, a veces creo escucharte tocar el piano por los ecos del barrio. O te siento gritar el nombre del Popi desesperada, como si se hubiera perdido, aunque sepamos que está, como siempre, escondido arriba del ropero.

Estoy donde te dije que siempre estaría si quisieras volver. Temo moverme y que justo rompas la promesa con tu orgullo, y decidas venir a golpear mi puerta para terminar de ver la temporada de RuPaul que nos faltaba.

Estoy donde siempre, regando las mejillas para crecer y crecer tan, tan, pero tan alto que pueda verte desde la copa de mi árbol perenne: verte un segundo, verte bien, saber que seguiste adelante, que estás mejor. Que estás tomando nuevos bondis, aunque no llegues en hora, y quedarme tranquilo con que ya sabés dónde está el Chuny cada vez que desaparece cuando se esconde sobre el ropero.

Ignacio Larronde