Amnesia
Olvido la amnesia y escribo: los nuevos poemas son el eco de lo ya rimado. Me olvido de todo y me sorprendo de lo que siempre estuvo ahí, este rostro viejo que injustamente han asociado a mi nombre.
Yo mismo, que hablo y me repito frase a frase, aunque estudie nuevos fonemas y aprenda nuevos idiomas, digo siempre lo mismo. Una y otra vez hasta cansarme de mí, de vos en mí y de la rutina diaria de convivir con la carne que cuelga de mi calcio, así como de todo lo que la rodea.
Entonces es ahí donde sucede la magia, la desmemoria, el olvido: el alzhéimer del espíritu. La demencia senil de un alma que olvida la piedra con la que tropieza, solo para sobrevivirle a la vida hasta mañana. Porque la única forma de sentirse vivo es cayendo, no ante el cuerpo erecto, ni ante la flacidez horizontal del reposo sangrante, sino cuando se cae vivo ante la piedra del amor, la de la confianza, de la seguridad, de la esperanza, de la ilusión, de las ansias renovadas de ir al cine con un desconocido por vez enésima, con alguien sin rostro que conocimos siempre, pero con otra foto en el DNI y otras casas en la combinación de astros.
Olvido todo, y es gracias a esa amnesia de lo que duele, angustia, pesa, a-tormenta, llueve y huracana, que olvido todo lo que me han amputado con ese puñal oxidado que yo mismo entregué. Y es entonces, por un instante, que me enternece un bebé al reír, o que imagino un monoambiente compartido solo con un intercambio de sonrisas en el bar. La misma promesa de nochebuena: la ilusión nueva es solo el viento acariciando el rostro, tras tropezar a ciegas con una piedra ya conocida.
Y es entonces cuando una vez más:
Olvido la amnesia y escribo: los nuevos poemas son el eco de lo ya rimado. Me olvido de todo y me sorprendo de lo que siempre estuvo ahí, este rostro viejo que injustamente han asociado a mi nombre.