Bic
La vi venir de lejos, y la silueta era la misma: un andar entre enemiga de Batman y maestra practicante de Magisterio. El contraluz dibujaba su contorno, y no podía distinguir sus ojos con claridad, pero juraría que eran los mismos de siempre: castaños cuando llora, carbón cuando miente.
Me acomodé el cuello de la camisa como quien está por conocer a su suegro: un poco para estar a la altura, y otro poco para morir ahorcado. Y seguí avanzando, hasta que, no les voy a mentir, de los nervios me entró la duda de si era ella.
Nos miramos como quien se cruza con alguien que conoce de Instagram, pero nunca vio en persona.
Igual sonreí. Igual hablé. Igual lloré un poco por dentro.
Ella —la otra, la que no sabía si era ella o la otra— me escuchó. Asintió con ternura y me ofreció un trago. Y en algún momento me dijo: —Hace años también me abandonaron.
Le pregunté quién. Y sonrió. No con los labios. No con los ojos. Con la palabra. —Vos —dijo.
Y me miré, color cianótico Bic, en su recuerdo.
Era ella. No mi ex (aunque se parecieran). Era ella. Mi amante. Madre. Y puta. Poesía.
La de verdad. La que no se arregla para el encuentro. La que no pide perdón por llegar tarde. La que se sienta a escucharte igual, aunque no la reconozcas. Y te ofrece un trago.